Usted y yo nacimos en un mundo diseñado para el cambio. Las bellotas se convierten en robles, los niños crecen hasta convertirse en adultos, las estaciones cambian y dan paso a la siguiente. El cambio no es una interrupción del diseño de Dios, sino una evidencia de él.
Si la creación en sí misma fue construida para cambiar, ¿podría ser que nuestro discipulado también estuviera destinado a lo mismo? ¿Y si nuestra capacidad para vivir la Gran Comisión, "ir y hacer discípulos", pudiera crecer, madurar y transformarse mientras caminamos con Jesús?
Un pastor ilustró una vez esta verdad a través de la vida de una oruga. Imagine decirle a ese pequeño gusano peludo: "Quizás ahora no puedas creerlo, pero algún día tendrás alas y volarás". Para una oruga, esa promesa parecería imposible. Sin embargo, el cambio está integrado en su propio ser. Lo mismo ocurre con nosotros. Muchos creyentes encuentran el llamado a hacer discípulos algo intimidante o fuera de alcance. Pero por la gracia de Dios, la transformación es posible.
Nuestra teología de santidad wesleyana nos da esperanza para ese tipo de cambio. Creemos que Dios no solo perdona el pecado, sino que nos libera de su dominio. No estamos obligados a repetir los mismos patrones para siempre. Lo que Dios comienza en un momento de salvación, Dios continúa a través de toda una vida de gracia. Día a día, estamos siendo transformados a la imagen de Cristo por el poder del Espíritu Santo.
El discipulado no es un programa o algo en lo que hay que poner énfasis, sino el corazón mismo de la iglesia. Un corazón saludable sostiene un cuerpo saludable. Del mismo modo, el discipulado saludable alimenta una iglesia vibrante y orientada hacia la misión. Sin él, la iglesia se arriesga a perder su vitalidad y propósito.
Entonces, ¿qué es realmente el discipulado? Las Escrituras muestran que el ministerio de Jesús estaba enmarcado por dos grandes mandamientos: "Síganme" (Mateo 4:19, NVI) y "Vayan y hagan discípulos" (Mateo 28:19, NVI). De principio a fin, Jesús invitaba a las personas a tener una relación con Él y las llamaba a extender esa invitación a los demás.
Una forma clara de describir el discipulado es esta:
El discipulado es seguir a Jesús y hacer discípulos, incluyendo a otros en nuestro sendero de la gracia.
Seguir a Jesús en última instancia nos lleva hacia la santidad del corazón. Cuanto más cerca caminamos con Él, más sentimos el poder transformador del Espíritu dentro de nosotros. El amor se convierte en el motivo detrás de cada acción. Y ese amor nos impulsa a salir a nuestros vecindarios, lugares de trabajo y comunidades, tal como lo hizo con los creyentes en el Pentecostés, que salieron a las calles.
El discipulado, entonces, no es un esfuerzo en solitario. Cuando Jesús llamó a sus seguidores a hacer discípulos, les hablaba como un grupo. Crecemos mejor en comunidad, donde el aliento, la rendición de cuentas y la misión compartida nos sostienen en el camino.
Vivimos en un mundo que cambia rápidamente, pero el plan de Dios para el cambio es aún más profundo. A través de la gracia de Cristo y el poder del Espíritu, también podemos cambiar. Podemos pasar de la duda a la confianza, del aislamiento a la conexión, de simplemente creer a la conversión total.
Fuimos hechos para la transformación. Fuimos hechos para seguir a Jesús y llevar a otros al sendero de la gracia.
Director global de DNI,
Por el Dr. Sam Barber