¿Cómo se ve seguir a Jesús? Para los primeros discípulos, el llamado fue simple y directo: "Dejen sus redes y síganme". Pero, ¿qué hay de nosotros? No somos pescadores del primer siglo, y Jesús ya ha ascendido al Padre. ¿Cómo la gente común sigue realmente a Jesús en nuestros días?
Primero, seguir a Jesús comienza con la fe. Pedro, Andrés, Santiago y Juan, literalmente dejaron sus barcos pesqueros y sus medios de vida para caminar con Jesús. Se encontraron con Él, creyeron en Él y comenzaron a relacionarse con Él. Si bien la mayoría de nosotros no abandonará su profesión ni saldrá físicamente de su hogar, el corazón del discipulado sigue siendo el mismo. Los discípulos reconocieron rápidamente que la autoridad de Jesús no era la de un rabino; su autoridad era la de Dios. No seguían a un maestro, sino al Mesías. Seguir a Jesús hoy significa reconocer su señorío sobre toda la creación, así como sobre nuestras propias vidas. Significa rendir nuestra voluntad buscando su perdón, su gracia y la nueva vida que Él da.
En segundo lugar, seguir a Jesús significa crecer en nuestra relación con Él. Jesús pasó tres años viviendo, enseñando y ministrando junto a sus discípulos; el impacto de ese tiempo fue transformador. El autor popular Malcolm Gladwell sugiere que el dominio de cualquier área requiere de diez mil horas de práctica intencional, aproximadamente. Tres años de vida constante con Jesús superan por mucho ese umbral. Los discípulos llegaron a conocer a Jesús a profundidad, no solo de forma intelectual, sino también relacional y experiencial.
Esto nos desafía. Si bien cualquier tiempo que pasamos con Jesús es valioso, nuestras prioridades importan mucho. Si alguien dedica diez minutos al día a leer las Escrituras y orar, necesitará casi dos siglos para llegar a las diez mil horas. Podemos esperar una vida excepcionalmente larga, o reorganizar nuestro tiempo intencionalmente. Seguir a Jesús significa invertir en conocerlo. Leemos las Escrituras, aprendemos a orar, nos reunimos para adorar, nos involucramos en la predicación y la enseñanza, y servimos tanto a la iglesia como a la comunidad en su nombre. Nuestra vida con Jesús se convierte en nuestra vocación primaria. La regla de Gladwell no garantiza la transformación, pero expone la facilidad con la que el discipulado puede volverse secundario. Tal vez nuestra lucha por hacer discípulos comienza con nuestra propia necesidad de crecimiento.
Por último, seguir a Jesús significa encarnar su vida a través del poder del Espíritu Santo. Antes de Pentecostés, los discípulos luchaban por vivir como Jesús; a nosotros nos pasa lo mismo si confiamos solo en nuestro esfuerzo. Aceptar a Jesús como Salvador es el punto de partida, no la meta. El crecimiento requiere de inversión intencional, pero también necesita de un poder sobrenatural. Jesús prometió el Espíritu Santo y en Pentecostés cumplió esa promesa. Cada creyente que se rinde totalmente a Jesús puede ser lleno del Espíritu y, al mismo tiempo, ser empoderado para vivir una vida fiel. El Espíritu transforma nuestros deseos, fortalece nuestra obediencia y forma nuestro carácter. Empezamos a pensar, amar y actuar como Jesús, y eso se convierte en un regalo para nuestras familias, iglesias y comunidades.
Discipulado Nazareno Internacional define el discipulado como "seguir a Jesús y hacer discípulos incluyendo a otros en nuestro sendero en la gracia". Sigamos a Jesús de todo corazón y lleguemos a ser sus verdaderos discípulos.
director global de Discipulado Nazareno Internacional,
Sam Barber